No todas las funcionalidades son para todo el mundo

Muchos productos incorporan capas que solo algunos grupos de personas usan, mientras otros pagan el mismo precio sin percibir desequilibrio. El modo ProRAW del iPhone de Apple, por ejemplo, permite editar fotos con calidad profesional: fotógrafos lo valoran, pero la mayoría ni sabe que existe. La madurez en producto consiste en entender qué activa la compra, qué retiene, qué defiende frente a competidores y qué simplemente sobra.

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Funcionalidades, valor y la falsa idea de universalidad

Hay una obsesión bastante extendida en producto —y especialmente en entornos digitales— por añadir funcionalidades. Más pantallas, más botones, más opciones, más “valor”. La ecuación puede parecer simple: si incorporamos más cosas, el producto será mejor y el cliente estará dispuesto a pagar más.

Esta lógica solo se sostiene si asumimos que el valor es universal, homogéneo y, sobre todo, utilizado, pero no siempre es así ni mucho menos.

Segmentos que usan vs. segmentos que no

Basta con mirar cualquier iPhone. Apple integra de forma sistemática funcionalidades que una parte relevante de los usuarios jamás usará. Automatizaciones avanzadas, accesos rápidos, configuraciones de privacidad complejas o capacidades de productividad que pasan inadvertidas.

Están ahí porque para determinados segmentos sí aportan valor, mientras que para otros son completamente irrelevantes. Y, aun así, todos pagamos el mismo precio.

«Cuando se analiza el uso real del producto y se segmenta correctamente, aparecen patrones muy claros: hay segmentos intensivos en funcionalidades “avanzadas” y segmentos que apenas rascan la superficie.»

Lo interesante es que este último grupo de usuarios no se queja, ya que no perciben un desequilibrio entre lo que pagan y lo que utilizan. El valor que extraen, aunque sea parcial, ya les parece justo.

Forzar el discurso comercial para poner en valor funcionalidades que ese segmento no usa —ni usará— suele ser un esfuerzo estéril y, en muchos casos, innecesario.

Este punto es incómodo para muchos equipos de producto y marketing, porque cuestiona una creencia muy arraigada: que todo lo que se construye debe ser explicado, activado y explotado por todos los usuarios.

Pensemos, por ejemplo, en Spotify: para muchos usuarios el valor real está casi exclusivamente en las playlists y en el descubrimiento semanal. Las funcionalidades sociales, las sesiones compartidas o la gestión avanzada de bibliotecas existen, pero no son ni el motivo de alta ni la razón de permanencia para la mayoría.

Esto debe ser matizado. Hay funcionalidades que existen para justificar el valor percibido por un subconjunto del mercado, mientras que otros segmentos pagan el “full price” sin ningún problema porque su equilibrio mental entre coste y beneficio ya está resuelto.

Funcionalidades que no usamos en un Smartphone

Un beneficio como disparador y como ancla

La situación se vuelve todavía más interesante cuando hablamos de productos que incorporan múltiples beneficios, pero donde uno de ellos actúa como auténtico trigger de la compra (lo que nos «activa» para adquirirlo) y, al mismo tiempo, como ancla de retención. Es el beneficio que hace que el cliente entre… y el que evita que se vaya. En un MVP de una startup, incorporarlo es imprescindible.

El resto puede sumar, pero no decide. Algo parecido ocurre con Amazon Prime: el envío rápido es el trigger y el gran retainer. Prime Video, Prime Reading o Prime Gaming añaden capas de valor, pero una parte significativa de los usuarios no las consume activamente y aun así percibe que el precio está más que justificado.

Beneficios invisibles: comunicar, segmentar o eliminar

En estos casos, no es raro encontrar beneficios adicionales que no es que no se usen: es que el usuario ni siquiera sabe que existen. Aquí sí hay decisiones estratégicas relevantes: segmentar a nuestros clientes o laminar el propio contenido del producto.

  1. Segmentar: Una primera opción es empezar a comunicarlos de forma segmentada, entendiendo qué valora cada grupo y qué disposición al pago tiene asociada a cada beneficio. Este análisis suele abrir la puerta a modelos de precios escalonados, capaces de capturar mejor el valor máximo de cada segmento sin forzar artificiosamente el producto.
  2. Laminar el producto: la alternativa, menos glamurosa pero muchas veces más rentable. Si existen funcionalidades desconocidas, infrautilizadas y que además generan costes —de desarrollo, mantenimiento, soporte o infraestructura— eliminarlas manteniendo el precio tiene un impacto directo en el margen. No todo lo que se construye debe sobrevivir. Especialmente si no es decisivo en las decisiones de adquisición ni de retención.

Funcionalidades defensivas en mercados saturados

Conviene no confundir este análisis con la incorporación de nuevas funcionalidades en mercados altamente competitivos.

«En el mundo SaaS, por ejemplo, es habitual ver plataformas que iteran a gran velocidad, añadiendo capacidades de forma casi continua. No siempre lo hacen porque el cliente las pida de forma explícita, sino porque necesitan cerrar brechas que podrían facilitar la entrada de nuevos competidores.»

Son funcionalidades defensivas, más que diferenciales.

Estas capas adicionales rara vez son el motivo principal de compra, pero sí pueden ser decisivas para que un potencial competidor no tenga espacio por el que colarse. Desde fuera parecen exceso, pero desde dentro, son barreras de entrada. Y de nuevo, no todos los segmentos las valoran ni las usan, pero su mera existencia refuerza la posición del producto en el mercado.

De las funcionalidades a las decisiones

El error habitual es tratar todas estas situaciones con la misma lógica: comunicar más, explicar mejor, empujar el uso. La realidad es más incómoda y, a la vez, más interesante. No todas las funcionalidades están pensadas para todos los clientes. No todo el valor debe ser explícito. Y no siempre cobrar lo mismo a quien usa menos debería ser un problema.

La madurez en producto reside en entender cuáles activan, cuáles retienen, cuáles defienden y cuáles simplemente sobran. Y, a partir de ahí, tomar decisiones —de pricing, de comunicación y de roadmap— que no siempre son cómodas desde el punto de vista del discurso, pero sí coherentes con la cuenta de resultados.

Sobre el autor

Oriol Guitart es un experimentado Business Advisor, estratega en negocios digitales y marketing, formador en empresas y Director del Master en Marketing Digital & Innovación en IL3-Universitat de Barcelona.

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