¿Nos estamos quedando con los menos malos?

La cadena educativa ha ido rebajando el listón hasta trasladar sus carencias a la empresa, que no puede suplir lo que otros eslabones abandonaron. Ante la llegada de perfiles cada vez más frágiles en atención, comprensión y criterio, corremos el riesgo de normalizar una mediocridad estructural que limita cualquier posibilidad real de construir talento.

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Una reflexión sobre la cadena del talento

Existe una pregunta incómoda que empieza a resonar con fuerza en los pasillos de las empresas, en los despachos de selección y en las conversaciones entre colegas de profesión:

«¿Nos estamos quedando realmente con los mejores o simplemente con quienes logran pasar un listón que lleva años bajando?»

No hablamos de una falta puntual de perfiles técnicos, sino de una erosión sistémica del talento emergente; de una realidad donde ya no buscamos la excelencia, sino a aquellos que, por descarte, simplemente «cumplen».

Para entender cómo hemos llegado hasta aquí, es necesario observar la secuencia completa del desarrollo humano. La formación, el crecimiento personal, la socialización y la exigencia académica no son compartimentos estancos, sino eslabones de una misma cadena que culmina en la empresa.

La educación no debería limitarse a la transferencia de conocimientos, sino que tiene la misión fundamental de moldear a la persona, dotándola de espíritu crítico y de un raciocinio capaz de modelizar situaciones complejas. En el mundo real, los problemas pueden parecer idénticos a simple vista, pero solo una mente bien estructurada es capaz de detectar los matices que marcan la diferencia entre el éxito y el error.

Trasladando el problema sin resolverlo

El discurso educativo actual, a menudo bienintencionado pero devastador en la práctica, parte de una premisa falsa: que rebajar la exigencia facilita la inclusión. Sin embargo, la realidad nos demuestra que disminuir el nivel en cada fase no elimina el obstáculo, sino que simplemente lo desplaza hacia la siguiente etapa.

Un/a estudiante que arrastra dificultades severas de comprensión lectora no las verá desaparecer mágicamente al ingresar en un Grado universitario, del mismo modo que un adolescente que nunca ha sido instado a esforzarse por encima del mínimo difícilmente se transformará en un adulto disciplinado y proactivo de la noche a la mañana.

«Resulta preocupante encontrarnos con expedientes académicos planos, instalados en el «cinco sobre diez» sistemático.»

Históricamente, la formación servía para identificar dónde destacábamos, pues es natural tener más afinidad por unas disciplinas que por otras. ¿5 sobre 10 en todo? Una valoración académica tan monolíticamente homogénea no es posible.

Cuando nos encontramos ante una mediocridad homogénea, no estamos ante un escenario neutro, sino ante un síntoma de que el sistema ha dejado de incentivar la fortaleza individual.

Problema educativo sin resolver

La digitalización de la distracción y el fin de la responsabilidad

La llegada de la tecnología a las aulas se vendió como una utopía de modernidad, pero coincidió con un fenómeno mucho más potente: la digitalización de la socialización fuera del ámbito formativo. Ambos iban a la par, en lugar de actuar la primera como contrapeso.

Mientras los recursos educativos se volcaban en las pantallas, los indicadores de capacidad lectora y razonamiento iban cayendo a nivel global. Solo han resistido aquellos países que supieron poner frenos, reglas y límites claros, entendiendo que la tecnología es una herramienta y no un sustituto del esfuerzo cognitivo.

Este cambio de paradigma ha afectado también a la estructura de responsabilidad familiar. Es sintomático que en determinadas Business Schools se haya tenido que colgar un cartel prohibiendo la atención a padres y madres. Hace apenas dos décadas, la responsabilidad de un bajo rendimiento recaía sobre el estudiante; era a él/ella a quién se le pedían explicaciones.

Hoy, estas se han trasladado hacia el entorno académico: profesores, tutores y dirección pasan a ser interpelados como principales responsables, en un desplazamiento progresivo de la exigencia individual hacia una lógica de servicio donde el alumno deja de ser sujeto activo para convertirse, en muchos casos, en cliente.

Este proteccionismo no hace sino enquistar el problema, trasladándolo intacto al último eslabón de la cadena.

La empresa como último eslabón: donde ya no se puede «devolver el plato a la cocina»

«Estamos teniendo problemas reales para contratar talento»

Este comentario me lo compartía recientemente un amigo y proveedor. No se refería a la búsqueda de perfiles senior hiperespecializados, sino a la dificultad de encontrar materia prima con potencial.

El talento implícito existe de forma latente, pero para que se desarrollo necesita un armazón previo que hoy brilla por su ausencia en muchos candidatos:

Llegados a este punto, la empresa se encuentra en una situación comprometida. A diferencia de las etapas educativas previas, el mercado laboral no puede mirar hacia otro lado ni «devolver el plato a la cocina» como si estuviéramos en un restaurante.

«Las organizaciones tienen una mayor capacidad de formar en hard skills, en procesos internos y en metodologías de trabajo, pero difícilmente pueden suplir carencias fundamentales que deberían haberse cultivado desde la infancia.»

Entrenar el pensamiento crítico o la capacidad de análisis a los veinticinco años es una tarea titánica que limita severamente la trayectoria de la persona, justo en un momento donde el mercado empieza a exigir algo más que la mera ejecución.

Hacia un futuro de «hacer hacer«: la urgencia del pensamiento crítico

Llega un momento en que las empresas ya no solo nos pagan por «hacer», sino fundamentalmente por «hacer hacer» a otras personas. Y eso está en las antípodas de «mandar» o «dar órdenes». No tiene (o no debería tener) nada que ver.

Evaluar, anticipar, decidir, priorizar o coordinar requieren de un razonamiento que no se improvisa. Si la cadena de transmisión sigue rebajando el listón de forma sucesiva, corremos el riesgo de darnos cuenta demasiado tarde de que el problema no estaba en la última pieza del engranaje, sino en la primera.

Quizá, al final de este camino, descubramos que no nos estamos quedando con los mejores disponibles, ni siquiera con los buenos. Quizá estemos llegando al punto en que simplemente aceptamos a los «menos malos», olvidando que la mediocridad nunca ha sido, ni será, una estrategia de futuro sostenible.

Es absolutamente necesario que estas suposiciones no sean ciertas.

Sobre el autor

Oriol Guitart es un experimentado Business Advisor, estratega en negocios digitales y marketing, formador en empresas y Director del Master en Marketing Digital & Innovación en IL3-Universitat de Barcelona.

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