Autenticidad en la era de las capas digitales

Ayer veía a Weather Report en Montreux 1976: puro sudor, improvisación y una coordinación milimétrica, sin trampa ni cartón. Autenticidad en estado puro. Trasladando esa escena al mundo corporativo, la premisa es la misma: la tecnología puede embellecer la forma, pero son nuestras facultades y el modo en que las ejecutamos lo que debe sostener decisiones, documentos y reuniones. ¿No deberíamos priorizar el talento real por encima de la escenografía?

🕒 Tiempo de lectura: 6 minutos

¿Autenticidad en un escenario?

Ayer estaba viendo imágenes de un concierto de Weather Report en 1976 en el Festival de Jazz de Montreux. En el vídeo se aprecia el sudor en la frente de Wayne Shorter, las expresiones faciales de los distintos intérpretes al ejecutar solos, unísonos y transiciones armónicas de enorme complejidad.

La tensión creativa es visible. No había Photoshop, ni Auto-Tune, ni posproducción que corrigiera afinaciones o reconstruyera pasajes dudosos. Lo que se escuchaba era exactamente lo que esos músicos sabían interpretar en ese momento, con su técnica, su bagaje y su capacidad real de diálogo musical. No había segundas tomas.

Pero además, el propio género —jazz fusión— incorporaba licencias estructurales en términos de improvisación, dinámicas y desarrollo temático que exigían algo más que virtuosismo individual.

La libertad aparente estaba sostenida por una arquitectura armónica compartida, pero también por una escucha activa permanente entre los miembros de la banda. El talento era individual, sí, pero también profundamente colectivo. No había versos libres en el sentido literal del término: cada desviación debía justificarse musicalmente y encajar en un marco común.

Esa ausencia de capas tecnológicas añadidas tenía una ventaja indiscutible: la autenticidad era, directamente, una consecuencia inevitable. No había posibilidad de disociar ejecución y competencia. Lo que sonaba definía al músico.

Joe Zawinul y Wayne Shorter en directo con Weather Report

[Como veremos más adelante, la distancia entre Montreux y las dinámicas en una empresa es menor de lo que podría parecer.]

Autenticidad y performance

La cuestión relevante no es idealizar el pasado ni demonizar la tecnología, sino entender qué ocurre cuando las herramientas permiten añadir capas progresivas al entregable.

En el ámbito profesional actual, la tecnología —y especialmente la inteligencia artificial generativa— facilita construir discursos impecables, presentaciones visualmente brillantes y documentos estratégicamente estructurados aunque detrás no siempre exista el mismo nivel de dominio conceptual.

¿Realmente sabe de lo que está hablando quien firma ese entregable?

En música, la performance es ejecución directa -ya sea en directo o en estudio-, más allá de toda la capa adicional que rodea el star-system y amplifica su propuesta. En la empresa, la performance adopta formas más difusas:

  • decisiones estratégicas y operativas
  • documentos
  • presentaciones internas
  • reuniones con clientes
  • expresión escrita y verbal
  • modelos financieros
  • planes operativos.. y un largo etcétera

El problema es que la tecnología permite optimizar la superficie de todas esas manifestaciones sin garantizar que exista un modelo mental sólido detrás.

«Si el conocimiento es realmente genuino a esa persona, su capacidad de modelizar debería demostrarlo.»

Modelizar implica saber abstraer, estructurar variables, identificar relaciones causales, anticipar escenarios y explicar por qué una decisión tiene sentido bajo determinadas hipótesis.

Es decir: modelizar nos permite detectar patrones en experiencias pasadas para diseñar la respuesta exacta que cada nuevo reto requiere.

Esa capacidad no se improvisa ni se descarga. Puede apoyarse en herramientas, pero no puede simularse indefinidamente sin que tarde o temprano aparezcan incoherencias.

La falsa neutralidad de la autenticidad

Siempre existirán detractores que argumenten que «la autenticidad no es un objetivo per se, sino un atributo accesorio que puede valorarse o no en función del contexto». Desde esa perspectiva, lo relevante sería el resultado final, independientemente del proceso o de la autoría real.

Dicho de otro modo: si la melodía engancha a la audiencia, ¿qué importa como hayamos llegado hasta ella?

Sin embargo, esta tesis empieza a resquebrajarse cuando analizamos -por ejemplo- determinadas situaciones a nuestro alrededor…

Hace unas semanas hubo una caída temporal de los servicios de ChatGPT en España y, casualmente o no, el volumen de publicaciones en LinkedIn fue sensiblemente inferior al promedio habitual para ese mismo día y franja horaria. No observar al menos una correlación resulta complicado.

Depender estructuralmente de una IA para publicar cambia las reglas del juego: la autenticidad ya no es solo una elección personal, sino un valor crítico para que nuestra comunicación no se detenga cuando la herramienta falla. «¡Trata de arrancarlo, por Dios!», como diría Luis Moya.

Pero, al igual que en aquel rally, si el motor no responde, solo queda lo que seamos capaces de hacer con nuestras propias manos (en este caso, más bien intelecto).

A la vista de lo que pasó en LinkedIn, parece que ese día no hubo mucha capacidad y la materia gris muchos/as la dejaron en modo stand by.

Autenticidad como resiliencia profesional

La autenticidad adquiere valor estratégico en el momento en que permite sostener la actividad más allá de la disponibilidad de capas tecnológicas adicionales. No se trata de renunciar a la IA, del mismo modo que no tendría sentido renunciar a la amplificación eléctrica en un concierto contemporáneo. Se trata de evitar que la herramienta sustituya el criterio.

«En las organizaciones actuales necesitamos profesionales capaces de aplicar un racional propio, construir modelos y resolver problemas complejos sin depender exclusivamente de servicios externos.»

La tecnología puede acelerar la ejecución, mejorar la forma y reducir fricciones, pero el núcleo sigue siendo la capacidad de entender qué está ocurriendo y por qué.

Volviendo a Montreux en 1976, lo que impacta no es la ausencia de tecnología, sino la evidencia de competencia. El sudor de Wayne Shorter no es una metáfora estética; es la manifestación física de una exigencia técnica y creativa que no admitía atajos.

Sobre un escenario o en una empresa, actuamos. Interpretamos un papel, tomamos decisiones bajo la mirada de otros y somos evaluados por la coherencia entre lo que decimos y lo que sabemos hacer.

Como resumía Rush en Limelight, “All the world’s indeed a stage, we are merely players, performers and portrayers” (el mundo entero es, en efecto, un escenario; nosotros somos simplemente actores, intérpretes y figurantes).

En la empresa contemporánea, la autenticidad debería cumplir una función análoga: es el rastro verificable de que detrás de la performance existe algo más.

Sobre el autor

Oriol Guitart es un experimentado Business Advisor, estratega en negocios digitales y marketing, formador en empresas y Director del Master en Marketing Digital & Innovación en IL3-Universitat de Barcelona.


Artículos Relacionados

Deja un comentario