Cuando el algoritmo crea héroes de mentira

Caída y auge de un músico (¿o de un Instagramer?)
Giacomo Turra no es solo un músico que falseó sus vídeos. Es el síntoma de un sistema que premia la apariencia por encima del talento. En un entorno donde los seguidores se traducen en ingresos, la tentación de crear héroes falsos es enorme. Como ocurrió con Milli Vanilli, el problema no es el fraude en sí mismo, sino la cultura que apremia y permite que suceda.

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¿Quién es Giacomo Turra y qué ha sucedido?

Durante un tiempo, el músico italiano y guitarrista de Funk/RnB Giacomo Turra fue el ejemplo perfecto de éxito en redes: vídeos elegantes, groove impecable, marcas interesadas y colaboraciones con otros músicos de renombre. Lo tenía todo: técnica, estilo, visibilidad. Las marcas lo adoraban. Hasta tenía su propia guitarra de edición especial. Un caso de ‘social media success‘ de manual. De aquellos imposible de criticar sin aparecer como un envidioso (¿el rey va desnudo o qué?).

Pero hace unos días, el YouTuber Danny Sapko reveló que buena parte de esos solos que lo habían hecho viral no eran suyos: eran copias nota por nota de músicos menos conocidos. Turra no solo no los citaba, sino que vendía transcripciones de esos solos como si fueran propios.

Pero no acaba ahí. Resulta que los vídeos estaban grabados previamente a baja velocidad, para facilitar la ejecución. Luego los aceleraba y… los imitaba en playback delante de la cámara. Ni siquiera tocaba en tiempo real. Una coreografía vacía, aunque muy bien diseñada para parecer espectacular (desde la puesta en escena a la indumentaria). A partir de ahí, las colaboraciones fueron también el combustible para acelerar el crecimiento.

Incluso Rick Beato, uno de los músicos con un exitoso canal de Youtube más respetados del entorno digital, lo dijo sin rodeos cuando lo entrevistó y lo vio tocar delante de él: Turra no puede tocar lo que aparenta estar tocando.

Aunque el caso sigue desarrollándose, Turra empezó a publicar vídeos pidiendo disculpas. Y eso dice mucho: nadie se disculpa si no reconoce —aunque sea entre líneas— que ha cruzado una línea ética. Casualmente, sus disculpas solo se publicaron en su canal menos exitoso en términos de audiencia (Youtube), guardando en cambio silencio en la plataforma que le llevó al estrellato y donde se concentran sus seguidores (Instagram).

Marcas que lo patrocinaban están cortando lazos. Músicos con los que había colaborado públicamente —y que hasta hace poco presumían de ello— están borrando menciones, distanciándose o guardando silencio incómodo.

El problema no es solo él: es el sistema que lo alimenta

Lo de Turra es un caso individual, pero el fenómeno es colectivo. Obviamente, es culpable de haber falseado su trabajo. Pero…

Vivimos en un entorno donde el talento real compite con la apariencia de talento, y donde el esfuerzo legítimo —el que implica horas, aprendizaje, errores y trabajo propio— se banaliza al lado de quien sabe montar mejor un vídeo de 30 segundos.

Cuando lo que importa no es la música, sino el frame en que sonríes mientras la tocas. Cuando la originalidad importa menos que el algoritmo. El verdadero problema es el sistema que lo premió (no diremos ‘apremió’, ya que implícitamente significaría ubicar a Turra en el papel de víctima que no le corresponde) por hacerlo.

Porque cuando el objetivo principal es crecer en seguidores para poder monetizar —y rápido—, el talento se vuelve secundario. Lo que importa es parecer bueno. Tener la estética adecuada. Dominar el ritmo del algoritmo. Y si puedes recortar atajos, mejor.

Giacomo Post Blog 1

La cultura del atajo

Aquí es más que evidente que se ha premiado la visibilidad por encima del mérito. Lo más sonrojante es que se ha llegado a hablar de él como «el nuevo guitar hero de la década». A Steve Vai, Joe Satriani, Jimmy Page y compañía se les revolverían las tripas.
Y estamos aceptando —a veces sin darnos cuenta— que si alguien suena bien y tiene estilo, da igual si lo que toca es suyo o no. Como si el contenido fuese intercambiable, siempre que tenga ritmo, colores planos y una buena luz lateral.

El esfuerzo real no es tan sexy, no es tan inmediato ni, por supuesto, genera tantos likes. Son necesarias muchas horas de vuelo (es decir «estudio, práctica y esfuerzo») hasta llegar a crear e interpretar música a alto nivel.

Milli Vanilli 2.0

Los más viejos del lugar lo recordarán. En los 80, Milli Vanilli vendió millones de discos sin cantar ni una sola nota. Mímica pura. Cuando se descubrió el engaño, fueron humillados públicamente. Se les retiró el Grammy (en cuya ceremonia de entrega actuaron en playback, rompiendo las reglas históricas del certamen que lo prohibían) y cayeron en desgracia.

Hoy, el fraude es más sutil. Más visual. Más distribuido. Y mucho más difícil de detectar -pero no imposible, como así ha quedado demostrado.
Ya no hace falta tener un sello discográfico. Basta con un móvil, un DAW (*) y una idea de cómo manipular el sistema. No es que no haya talento ahí fuera. Aquí es evidente que se ha premiado más a quien sabe venderse que a quien sabe hacer.

(*) Estación de trabajo de audio digital (DAW, por sus siglas en inglés). Es un software utilizado para grabar, editar, mezclar y producir archivos de audio.

¿Hacia una pérdida de confianza?

Una consecuencia inevitable es la pérdida de confianza y empezar a dudar de todo y de todos. Se genera una especie de escepticismo colectivo que, aunque incómodo, no tiene por qué ser negativo. Cuestionar nos obliga a mirar con más atención, a exigir autenticidad, y tal vez ahí empiece el verdadero cambio.

«Cuestionar lo que consumimos, verificar si es real lo que parece serlo, es también una forma de madurez digital. Esa fiscalización constante de las capacidades creativas —preguntarnos si lo que estamos viendo está realmente tocado, diseñado o escrito por quien lo firma— no es solo un acto de defensa. Es también lo que nos empuja a mejorar, a no conformarnos, a perseguir la excelencia con más convicción.»

En el fondo, esa desconfianza puede ser una palanca poderosa. Porque obliga a los creadores a ser más rigurosos, a las marcas a ser más responsables, y al público a ser más exigente. Y tal vez así empecemos a reconstruir la confianza desde otro lugar: no desde la viralidad, sino desde la autenticidad.

Reflexión final

No se trata de atacar a un músico que ha cometido un error. Se trata de reflexionar sobre un modelo que convierte la apariencia en virtud, y que genera referentes a partir de métricas, no de méritos.

Quizás va siendo hora de exigir menos performance visual y sí más verdad «artística». También podríamos continuar dejando de mirar los conciertos en vivo a través de la pantalla del movil que sostenemos en la mano (y, a la vez, molestando a los demás asistentes) y disfrutar del momento en lugar de buscar capturarlo.

Sobre el autor

Oriol Guitart es un experimentado Business Advisor, estratega en negocios digitales y marketing, formador en empresas y Director del Master en Marketing Digital & Innovación en IL3-Universitat de Barcelona.

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