Precios dinámicos, entre la optimización y la codicia percibida

El «dynamic pricing» promete optimizar ingresos ajustando precios en tiempo real, pero a menudo choca con la percepción del consumidor. Entre eficiencia, escasez y capturar la disposición máxima a pagar del cliente, esta estrategia puede derivar en precios vistos como oportunistas, erosionando la confianza. Un análisis sobre cuándo aporta valor y cuándo cruza la línea de la codicia percibida.

ORIOL GUITART

Marketing, Ventas

🕒 Tiempo de lectura: 7 minutos

Fascinación empresarial y rechazo del consumidor

El dynamic pricing es uno de esos conceptos que, en cuanto se pronuncian, generan una mezcla incómoda de fascinación y rechazo. Fascinación desde el punto de vista empresarial, porque puede permitir optimizar ingresos casi en tiempo real. Rechazo desde el punto de vista del consumidor, porque suele percibirse como una forma sofisticada —y a veces poco elegante— de exprimir al máximo su cartera.

Siendo honestos, en muchos casos esa percepción no va desencaminada.

Qué es realmente el dynamic pricing

El dynamic pricing es una estrategia de fijación de precios en la que el precio de un producto o servicio no es fijo, sino que se ajusta en función de un conjunto de variables internas y externas:

  • fluctuación de la demanda
  • disponibilidad de stock
  • el momento temporal
  • el comportamiento histórico del usuario
  • la existencia (o no) de mercados secundarios
  • el contexto competitivo.

No es nuevo. Lo que es relativamente nuevo es la capacidad tecnológica para aplicarlo de forma masiva, automatizada y granular. Y ahí es donde empieza el verdadero debate.

Sectores donde aplica (y donde tiene sentido)

No todos los sectores son igual de aptos para aplicar precios dinámicos. Funciona especialmente bien en aquellos donde confluyen tres condiciones:

  1. Capacidad limitada o perecedera.
  2. Demanda volátil o impredecible.
  3. Coste marginal bajo una vez creada la capacidad.

Por eso lo vemos de forma natural en sectores como:

  • Transporte aéreo y ferroviario: Ajuste continuo de precios en función de la antelación de compra, la ocupación prevista, la elasticidad por tramo y la gestión de capacidad perecedera, maximizando el ingreso por asiento
  • Hoteles y alojamiento turístico: Variación de tarifas según demanda esperada, estacionalidad, eventos locales y disponibilidad, optimizando el RevPAR en un inventario limitado y no almacenable.
  • Ticketing (eventos deportivos, conciertos, espectáculos): Modulación de precios en función del ritmo de ventas, la popularidad del evento, la cercanía a la fecha y la disposición a pagar de distintos segmentos.
  • Movilidad bajo demanda (ride-hailing): Precios dinámicos en tiempo real que equilibran oferta y demanda geolocalizada, incentivando la disponibilidad de conductores en picos de demanda. A todos/as nos ha ocurrido al solicitar un Uber.
  • Energía: Tarificación variable ligada al coste marginal de producción, la demanda instantánea y la disponibilidad de recursos, trasladando señales de precio al consumo
  • E-commerce en categorías muy competitivas o con alta rotación: Ajustes automáticos de precios basados en competencia, stock, rotación, margen objetivo y comportamiento del usuario para proteger rentabilidad sin perder volumen

En productos puramente físicos y no perecederos, el dynamic pricing también existe, pero suele tener un alcance más táctico y menos extremo. En intangibles o servicios con capacidad limitada en el tiempo, directamente es estructural.

¿Ajustar precios vs. exprimir ingresos?

Aquí conviene hacer una distinción que a menudo se obvia. No todas las estrategias de dynamic pricing persiguen exactamente lo mismo.

Hay escenarios en los que el objetivo principal es equilibrar oferta y demanda. Ajustar precios para suavizar picos, evitar ineficiencias operativas o redistribuir la demanda en el tiempo. Por ejemplo, subir precios para desincentivar una demanda excesiva en horas punta o bajarlos para activar demanda en momentos valle. Desde fuera, esto suele percibirse como razonable, incluso lógico.

Y luego están los escenarios en los que el objetivo es capturar el máximo revenue posible. No equilibrar nada, sino maximizar. Extraer cada euro adicional que el mercado esté dispuesto a pagar en cada micro-momento. Aquí entramos en terreno más resbaladizo.

Porque cuando el sistema está diseñado para identificar hasta dónde llega el willingness to pay de cada segmento (o incluso de cada individuo), el resultado puede ser un precio técnicamente óptimo, pero socialmente cuestionable.

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El problema de la codicia (percibida)

Es difícil aplicar dynamic pricing orientado a maximizar ingresos sin que eso sea percibido como codicia. Y no porque la empresa sea intrínsecamente más avariciosa que otras, sino porque el mecanismo deja poco margen para la narrativa.

Cuando el consumidor ve que un billete, una habitación o una entrada cuesta hoy un 40% más que ayer, sin que haya cambiado nada “visible”, la interpretación es inmediata: me están cobrando más porque pueden. Y normalmente es cierto.

El matiz está en que el dynamic pricing no crea esa disposición a pagar; simplemente la revela y la captura. Pero desde el punto de vista del consumidor, la diferencia es irrelevante.

¿Precios dinámicos = precios crecientes?

Otro error habitual es asociar dynamic pricing exclusivamente a precios que suben. En teoría, los precios dinámicos deberían moverse en ambas direcciones. Subir cuando la demanda supera la oferta y bajar cuando ocurre lo contrario.

En la práctica, sin embargo, muchos mercados muestran una tendencia estructuralmente creciente. ¿Por qué? Porque la capacidad es rígida, la demanda suele concentrarse en determinados momentos y el riesgo de quedarse con capacidad no vendida es menor que el de venderla “demasiado barata” antes de tiempo.

Esto genera la sensación de que lo “dinámico” es solo un eufemismo para justificar subidas constantes. Y en muchos casos, lo es.

Capturar el willingness to pay

El concepto clave detrás del dynamic pricing es el willingness to pay: cuánto está dispuesto a pagar un cliente concreto en un momento concreto por una unidad concreta.

Desde un punto de vista económico, capturar el máximo willingness to pay es eficiencia pura. Pero desde el punto de vista del cliente, cuando el precio se alinea con el máximo que alguien puede pagar, no deja margen para la sensación de “trato justo”. El cliente puede sentir que, más que una buena compra, lo que ha hecho es sobrevivir a una subasta silenciosa.

Y eso, acumulado en el tiempo, genera rechazo, desconfianza y búsqueda activa de alternativas, aunque sean peores.

La escasez como motor de todo

Si hay un concepto que lo explica todo en dynamic pricing, es la escasez. La escasez —real o percibida— acelera la demanda. Obliga a decidir antes, reduce la comparación y eleva la tolerancia al precio.

En productos físicos, esto implica decisiones deliberadas sobre limitar unidades. Y no puede ser fingido: si no existe un riesgo claro y creíble de quedarse sin una, la escasez no funciona.

En productos intangibles con capacidad limitada en el tiempo (hoteles, vuelos, entradas), la escasez es estructural. Las unidades están acotadas y el tiempo juega en contra del comprador. Cada minuto que pasa, hay menos stock y menos margen de maniobra.

Ahí aparece el contrarreloj. No solo hay pocas unidades; además, se están agotando ahora. Y esa combinación es letal para la racionalidad del consumidor.

Una reflexión final

El dynamic pricing no es bueno ni malo por sí mismo. Es una herramienta. Extremadamente potente. Pero como toda herramienta potente, amplifica las decisiones estratégicas que hay detrás.

Usado para gestionar capacidad y mejorar eficiencia, puede aportar valor a ambas partes. Usado exclusivamente para exprimir el último euro posible, suele hacerlo a costa de la confianza.

Y la confianza, a diferencia del precio, no es dinámica. Cuando se pierde, no suele volver a bajar.

Sobre el autor

Oriol Guitart es un experimentado Business Advisor, estratega en negocios digitales y marketing, formador en empresas y Director del Master en Marketing Digital & Innovación en IL3-Universitat de Barcelona.

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